Cuando creía que estaba fuera, me vuelven a meter dentro.

sábado, 12 de noviembre de 2011

El séptimo sello

La muerte es un tema delicado. Seguramente sea el problema más antiguo al que se haya tenido que enfrentar jamás la raza humana, y seguramente sea el único problema que no consiga resolver nunca. La gente intenta vivir sin prestarle mucha atención, incluso se inventan mundos imaginarios para calmar el miedo; también hay otros que claman "aceptar la muerte como algo natural", no les preocupa y están preparados. Pues claro que es natural, pero no deja de ser el fin del camino, y es imposible no asustarse con semejante perspectiva.

Efectivamente, El Séptimo Sello va sobre la muerte. Pero también sobre la vida, la religión y los pequeños detalles que hacen que el camino que he mencionado antes haya valido la pena (las fresas y el tazón de leche, la redención de Blovk al ayudar a escapar a sus amigos...). Para hablar de temas tan extensos en apenas noventa y seis minutos, Ingmar Bergman, que es un listillo, reduce la realidad a sus apartados más simples. Y qué mejor momento histórico para poner en práctica esta simplificación que en la Edad Media, donde todo de por sí era muy básico. El escenario contiene los elementos principales: estratificación social, religión (la vía de escape de una vida miserable), amor, arte y, por supuesto, muerte, que tiene dos caras: la de un hombre vestido de negro con una guadaña en sus manos, y la de un asesino invisible, la Peste Negra que asolaba Europa por aquel entonces.

Y Antonius Blovk cae justo en medio de ese escenario. El noble caballero que durante tantos años ha luchado en la Cruzadas, ahora busca respuestas a las preguntas que más le atormentan, a él y a todos nosotros. Blovk, en la primera escena, poderosa e increíble, reta la Muerte a una partida de ajedrez, en la que si él gana obtendrá todas las respuestas que quiere. Gran metáfora de la vida, en el fondo una partida de ajedrez que nadie ha conseguido nunca ganar.

Bergman no está preocupado en mostrar la Suecia medieval de forma realista, ya que es solo una excusa para explayarse en sus inquietudes personales. ¿Pedante? Un rato. Pero en parte es necesario que lo sea, para alejarse aún más de la realidad, y consecutivamente acercarse a la literatura y la poesía, con las que comparte muchas cosas. Totalmente poética es la puesta en escena: la luz, los gestos de los personajes, los escuetos pero magnéticos escenarios (¡la playa!), la música. Y la mirada de Blovk, solemne y cansada.

Mucho más da para comentar esta película, pero hay que saber cuando parar para no caer en esa práctica cínica que es el hablar de lo que no se entiende. Os enumero unas escenas que siempre volverán a mi mente cuando alguien mencione El Séptimo Sello:

  • El tablero de ajedrez en la playa. No solo por lo poderoso de la imagen, sino también por lo que representa: la marea que te deja en el punto de partida, confuso, y solo pudiendo ir hacia delante.


  • Los procesión de los penitentes que se azotan a sí mismos para aplacar la ira de Dios. ¿Crítica al cristianismo? No estoy seguro, pero Nietzsche estaría escandalizado. 



  • Los viajeros, sentados alrededor de la mesa. Alguien llama a la puerta. Y aunque nadie lo dice, todos saben quién es el que está al otro lado. Un primer plano que se va abriendo mientras todos miran a la puerta. ¡Y esa música premonitoria! Impresionante.


Director: Ingmar Bergman
Guión: Ingmar Bergman
Año: 1957
Reparto: Max von Sydow, Gunnar Björnstrand, Nils Poppe, Bibi Andersson

Ah, para los que hayáis visto la película, os dejo este enlace a una crítica de filmaffinity que dice que todos los personajes son en realidad la misma persona. Francamente interesante. Lo podéis leer pinchando aquí.